Venezuela. Mi amada tierra
- José David Cedeño
- 28 ago 2017
- 7 Min. de lectura
Venezuela es el país donde nací, una tierra de gracia con paisajes increíbles, clima perfecto y una calidez humana que caracteriza a los habitantes de este hermoso país. Desde la escuela me enseñaron a querer al país, es el lugar donde la vida ha trascurrido hasta el momento. Pero ese amor a mi tierra se ha convertido en una amor peligroso y tóxico durante estos últimos años, pero no deja de ser amor sin importar el calificativo que se lo que coloque.
Los que nacieron en la generación de los 80, en mi caso al finalizar ese año, hemos tenido la dicha de ver una Venezuela que llevó golpes pero con oportunidades, y si hablamos con nuestros padres o abuelos nos dirán que vivieron en una tierra próspera y con calidad de vida. Vengo de una familia humilde, donde el sacrificio y el trabajo es la clave para obtener las cosas en la vida, mis padres me inculcaron valores invaluables que hasta el sol de hoy se los agradezco porque han sido la base de mi vida. En casa me enseñaron que para ser alguien hay que estudiar, trabajar, sacrificar ciertos lujos y lo más importante, aprender con cada experiencia de vida.
Con lo mucho o lo poco de una vida modesta que unos profesores podrían brindarle a sus hijos, yo vi a una Venezuela bonita y con sueños. Donde ir a un supermercado era una experiencia divertida y familiar, donde salir a pasear y disfrutar de los lugares de la ciudad era lo común en un fin de semana, donde comprar lo que quisieras solo costaba esfuerzo pero lograbas tenerlo, donde podías caminar las calles sin miedo y muchas otras cosas que una persona común pueda vivir en cualquier país del mundo. Esa Venezuela que yo veía de niño y adolescente, pensé que sería hasta que fuera un adulto pero las decisiones colectivas y los sueños o esperanzas de un pueblo que deseaba cambios, le dió otro rumbo a la historia. No sólo cambió mi historia de vida, sino de muchos que nacieron antes y hasta de los que no pensaban en nacer a finales de los 90.
A los 10 años mi tierra se vió envuelta de una euforia, yo veía en las calles afiches y propaganda de un señor llamado Hugo Chávez. No entendía mucho lo que pasaba pero escuchaba y me explicaron que era una candidato para ser el presidente del país y como desde niño he sido curioso y preguntón (volvía loco a mis padres y familiares preguntando cualquier inquietud), entendí que el presidente seria quien gobernaría al país y que era mediante la elección como los demás lo hacían. Cuando ganó ese personaje solo escuchaba su nombre en todos lados y que era bueno o malo, si cambiaría las cosas para que los que no tenían nada lograran tenerlas. Como vengo de una familia de interior, entendía que era vivir con poco y que hay gente que necesitaba ayuda, porque yo no vivía solo en el país.
Al salir del colegio y entrar al liceo, era común escuchar debates sobre el chavismo y los adversos al personaje en cuestión, pero siempre con respeto entre mis compañeros y profesores, porque como todo en esa generación el respeto era fundamental en la sociedad venezolana. Cuando llegó el milenio y en plena adolescencia, los cambios fueron parte de mi y del país, a los 13 años hubo una confusión y con la premura de la juventud todo era extraño e inesperado. Fue en una tarde del 11 de abril cuando veía la televisión y el silencio de la calle reinaba, luego se escuchaban gritos y veía en las pantallas como disparaban a manifestantes en Puente Llaguno. Era una mezcla de emociones entre preocupación y tristeza, y luego ver en los noticieros que Chávez no era el presidente, por primera vez entendí con la realidad lo que era un Golpe de Estado. Luego el 13 de abril fue otro día confuso en las vidas de los venezolanos porque fueron a buscar al caudillo y nuevamente era el presidente.
Desde ese momento los temas políticos formaban parte de los jóvenes como yo, y la información libre era común entre los ciudadanos. Al finalizar mi etapa de bachillerato empecé a agarrarle el gusto a la política y las relaciones internacionales, era sorprendente leer sobre otros países y llegar a representarlos tomando una posición crítica sobre temas como democracia, libertad, desarrollo y otros temas fundamentales. Esa posición crítica me hizo pensar que algo malo estaba pasando con la gente, porque el afán y delirio por el personaje era irracional y descontrolado, además que escuchaba sus alocuciones y discursos violentos por quienes los adversaban. Pero yo ví esa Venezuela del debate, con una educación crítica y donde se pensaba sin copiar todo de internet, porque los libros existían y el pensamiento crítico era común.
Al graduarme del bachillerato, entre la confusión sobre lo que quería hacer y estudiar sólo sabía que sería en la Universidad Central de Venezuela, mi única opción y meta a mediano plazo. La primera vez que fui a la Universidad, me dije: yo tengo que estudiar aquí, y aunque en casa el debate sobre lo que quería estudiar era común en las conversaciones familiares, siempre mis padres recalcaron que estudiara lo que yo quisiera. Y fue así como una tarde empecé a leer los pensum de estudios y me topé con una carrera que nadie conocía, o al menos yo no la había escuchado. Esa carrera llamada Ciencias Políticas, que tenía algo que me atrapó desde el primer momento. Al presentar la prueba de admisión, debía estudiar porque antes se decía que en la UCV era difícil entrar pero fui admitido y me convertí en un ucevista.
Desde el primer día de clases en el llamado "galpón", todo era nuevo para mí desde compañeros que me doblaban la edad, hasta libros y lecturas complejas que no entendía mucho al primer momento. Aunque fue abrumador, la UCV creó en mi un pensamiento crítico y con una visión de la realidad que pocos entienden, y fue en esa casa donde me convertí en adulto. En la Universidad, la realidad del país siempre fue el tema de discusión en mis clases de pregrado y entre correderas, bombas lacrimógenas y la generación de los líderes universitarios luego del cierre de RCTV, transcurrieron los primeros semestres de la carrera.
Mientras estudiaba, las preguntas comunes entre mis familiares y amigos eran, ¿estas estudiado para ser político?, ¿por qué, si los políticos son corruptos?, y así como esas muchas inquietudes sobre la carrera. Mi respuesta era y es, no soy político, soy analista de la política. Aunque esa palabra es odiada y aburrida para muchos, es la que rige los destinos de un país. Y en Venezuela la política forma parte de nuestras vidas. Sí algo me dejó la carrera es que luego de tantas lecturas de historia, filosofía, teoría política, economía, sociología y ramas de las ciencias sociales, ese sistema llamado "Socialismo del siglo XXI" era nada más que una utopía y que la democracia como la conocía iba a dejar de existir.
Ese Socialismo que nos ha llevado al caos por la avaricia y atraso en el país, donde se excluye por ser rico o tener algo, donde ser crítico o pensante es un error, donde las oportunidades no son para quienes se las ganan sino para todos. Ese populismo que ha truncado el sueño de muchos por el egocentrismo de una cúpula roja que maneja a las masas a su manera. Y sí, esa masa es para la dirigencia política, una gran plastilina que quieren moldear a su manera. Al saber con la conciencia que este modelo no iba a parar en nada bueno, culminé mis estudios en un año donde la abundancia y la "gallina de los huevos de oro" era lo que reinaba en el país. Sin embargo, esa riqueza fue limitada con expropiaciones y regalías para convencer al pueblo que con petróleo se iba a comer la mejor carne de la vaca gorda, pero el chavismo nunca pensó que las vacas gordas también dejan de comer hasta ser vacas flacas.
Ya habían pasado 13 años donde Chávez era el omnipotente y omnipresente, y era el centro del debate político venezolano. Sin embargo, al morir ese personaje de la historia del siglo XXI, la sensación colectiva de su muerte para muchos era de dolor y para los que no compartíamos el ideal del populismo chavista, era una sensación de incertidumbre. Pero una esperanza se abrió para salir de esto, y fueron las elecciones presidenciales para elegir a la cara que representaría la era post Chávez, en ese ánimo salió Capriles a quién ya había batallado anteriormente con el comandante pero al medirse con Maduro, se trabajó para convencer a la gente que ya el chavismo estaba agotado. Pero no fue así, esa salida se cerró cuando la masa cegada por la lealtad al comandante decidió que él seguiría el legado.
En ese momento electoral, encontré mi primer empleo y aunque el país tenía escasez y ya la inseguridad era común en esos días, un salario alcanzaba para comprar lo que deseabas. Pero ya la caída del país estaba muy cerca y nadie esperaba que sería estrepitosa y acelerada. Al ganar Maduro la presidencia de Venezuela, esa crisis que se veía venir por un modelo fracasado era inevitable.
El 2016 y 2017 han sido los años más complejos que hemos vivido los venezolanos. Entre la escasez de alimentos, medicamentos, la inflación, la emigración de seres queridos, la inseguridad y múltiples consecuencias producto de la crisis del país. Ese venezolano con esperanza y alegría, se ha convertido en un zombie que sobrevive a los golpes y al día. Esa no es la Venezuela que yo deseo y sueño, mi tierra se ha convertido en un terreno baldío que nadie quiere estar.
Venezuela, mi tierra amada. Aunque estés golpeada y sigas recibiendo violaciones a la república como la Asamblea Nacional Constituyente y todas las arbitrariedades que la cúpula gobernante. Siempre está la esperanza que volverá esa Venezuela que muchos queremos, ese país que muchos vivimos y otros lamentablemente no conocen. Y que nacerá de las cenizas esa sociedad actualmente descompuesta por la ignorancia, a una sociedad justa y con educación.
No sé cuándo veremos la luz al final del túnel, y que deparará el destino para esta tierra gracia. Solo sé que siempre serás la tierra donde quiero seguir creciendo y soñando.




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